Publicado en edición impresa de Leo Messi  

El rey Leo

  • 27/01/2012 | 22:27
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Monarca. El mejor futbolista del mundo llegó a la tapa de la edición internacional de la revista Time.

Ahora lo votaron como el mejor de la historia. Una encuesta publicada por la revista Sports Illustrated ubicó a Leo Messi como el mejor futbolista de la historia. En segundo lugar quedó Diego Maradona, mientras que Pelé terminó cuarto, después de Johan Cruyff. Entre los 160 jugadores elegidos, Alfredo Di Stéfano se ubicó en el 16º puesto, mientras que el resto de los argentinos votados fueron Gabriel Batistuta (47°), Javier Zanetti (62°), Fernando Redondo (74°) y Oscar Ruggeri (107°). Del sondeo participaron los periodistas de la publicación.

Alegría a mi corazón. Messi se educó en Europa, está acostumbrado a que se lo respete. Allá la gente es considerada. Se puede salir a la calle aun siendo famoso. Te dejan vivir. Acá somos unos salvajes. Gritamos. Nos enojamos. Adoramos y escrachamos. Somos peregrinos. Ungimos ídolos con pies de barro. Los odiamos cuando se caen. El fútbol es nuestra religión. Grondona es un cardenal. Messi un ángel. Maradona es Dios. River se fue al infierno. Segregamos fe. Nosotros somos habitantes de la patria futbolera. Es una tierra santa. No es lo mismo que la nación argentina. Rezamos para que en el Paraíso haya una cancha de fútbol en la que jueguen Maradona y Messi. Virgilio nos acomodará en la platea. Siempre ganaremos. Brasil siempre perderá. La blanquiceleste que adoramos tiene tres tiras y rayas verticales. La otra, la de franjas horizontales y un sol en el medio, los futboleros se la dejamos a los políticos. Podemos cantar el himno o la Marcha de San Lorenzo, o un boogie boogie, lo mismo da. Nuestro coro no tiene partitura. Tiene tres letras: GOL. Es posible que a la selección le sobre cielo y le falte tierra. Pero el fútbol no es una ciencia. Las ciencias son de este mundo y son acumulativas.
Hoy el mundo parece una pelota pinchada. Pero el fútbol es grande aunque la pelota esté pinchada. No desesperemos. Oremos. Padre Nuestro que estás en los cielos, regálanos un pico de oro para que el mundo se infle nuevamente. Alegría alegría a mi corazón. Hasta cuando estoy solo frente al televisor le grito a la pantalla y pateo la mesa cuando la pelota sale apenas desviada. Mi esposa se enternece de que me comporte como un niño. El niño Heráclito, salvando las distancias, que jugaba en la arena, mientras Nietzsche lo miraba, desde el hospicio.

* Tomas Abraham. Filósofo.

 

Ansiedad por Messi. Siempre se dijo que vivíamos en un país con millones de directores técnicos de la Selección y varios millones –posiblemente los mismos– de jefes de Estado quienes, en el territorio soberano de sus hogares, por lo general al lado de la estufita y frente al televisor –la posición natural del opinador argentino–, serían capaces de imaginar estrategias que harían avergonzarse de sí mismo a Pep Guardiola, y tomar decisiones de gobierno tan geniales que le harían creer a Cristina Fernández que es una de las mellizas Xipolitakis.
Argentina puede disfrazarse de Barcelona pero no puede serlo. Messi siente en el cuerpo ese imposible, y lo sufre más que nadie. Ya lo dijo mejor que nadie Rubén Insúa: “Barcelona tiene a Messi y a tres Bochini”.
El problema no es tanto el rendimiento deprimente de Messi en la Selección nacional sino la ansiedad de miles de simpatizantes que suelen dar el éxito por descontado, sin reparar en que las dificultades que presenta el fúbol son las mismas que presenta la realidad. En ese delirio sociopatológico de superioridad se espera que Messi revierta con su genio las fuerzas oscuras de un equipo en el que casi todos sus integrantes parecen centrifugados hacia la salida individual, hacia la creencia de que ellos son Messi, situación más que suficiente para convertir al mejor futbolista del mundo en un tronco.

* Juan José Becerra. Escritor.

 

Casi un extraño. “México es mi cielo pero Argentina es mi tierra”, afirmó la mítica cantante y actriz Libertad Lamarque cuando un primer mandatario mexicano le pidió que adoptara la nacionalidad azteca. Después de haber sido censurada por el peronismo, la “novia de América” tenía más de un motivo para estar enojada con una Argentina intolerante que la borró del mapa. Sin embargo, no sólo se había criado acá; sus primeros aplausos fueron argentos.
Distinto es el caso de Messi. Hijo de una generación a la que las puertas no se les cierran en la cara porque ni siquiera llegan a abrirse, Lionel es el negativo de los inmigrantes que arribaron durante el siglo XX. Puede que tenga nostalgia del terruño que lo vio nacer; de ahí a sentir esa camiseta que le obligan a ponerse cada tanto hay distancia. Una cosa es ganar plata haciendo publicidades en las que pone cara de héroe, y otra muy distinta arriesgarse en el campo de batalla, exponerse a lesiones que compliquen a quienes les debe lealtad absoluta. Su patria verdadera ni siquiera es España, se limita al espacio que le dio una oportunidad: el Barcelona.
En ciertas ocasiones su mirada es idéntica a la de los extranjeros que apenas entienden el idioma, parece perdido en un mundo desconocido que espera demasiado de él.

* Omar Bello. Publicista.

 

No es Diego. Pasan los años y todo sigue igual: Leo sigue siendo el mejor jugador del mundo con el Barcelona pero en la Argentina no lo quieren. Nadie cuestiona que sin él la historia del Barça sería diferente. Ni uno solo de sus compañeros se atrevería a recriminar a Leo ni la colonia que usa porque saben que sin él no serían los más grandes, y los futbolistas son egoístas por defecto.
Leo llega a la Argentina y no lo quieren como es. Querrían que tuviera rizos y respondiese cuando le gritasen “Pelusa”, querrían que fuera descarado, atrevido, un showman dentro y fuera de la cancha, querrían que fuese el “10” que fue Maradona y no se contentan con un chico normal que juega al fútbol mejor que cualquier otro. Todos querrían que fuera Maradona también dentro del vestuario, donde los egos del argentino medio se superponen y acaban abrumando al crack. A los jugadores argentinos les cuesta reconocer que otro es mejor y asumen comportamientos y galones que perjudican claramente al equipo.
El Maradona futbolista era capaz de convertir al resto en soldaditos por su arrolladora personalidad. Messi no habla, no discute, porque en el Barça el que se atreve a poner a Leo en entredicho se va a la calle. Messi creció apreciando el juego en equipo, Argentina vive desquiciada desde hace años y así es imposible formar un equipo.

* Cristina Cubero. Periodista del diario El Mundo, España.

 

Sólo un jugador. Es evidente que con la celeste y blanca Messi no encontró la estabilidad que los técnicos le buscan. Y es algo que suele pasar: jugadores que brillan en sus equipos y que a nivel Selección no rinden. Y en el caso puntual de Messi se suma que él mamó el fútbol del Barcelona, se formó en el club catalán, lo siente como propio, entonces es lógico que allá se sienta más cómodo. Escucho que le cuestionan el lugar que Messi ocupa en el campo de juego. Le critican que debe retroceder muchos metros para recuperar la pelota. Brilla como nueve de área, brilla también cuando se tira a las puntas y entra por las diagonales, o cuando arranca con la pelota desde tres cuartos de campo. Cumple en todos lados.
Entre tantas pavadas que escucho sobre el tema Messi, podría agregar una: que juegue con la camiseta del Barcelona puesta, y la de la Selección arriba. Pero no lo digo en serio, es una broma, una manera de responderle con humor a la gente que tanto lo critica. Dudo dee que la camiseta celeste y blanca le pese, dudo de que no ponga todo su entusiasmo, y dudo también de que juegue con displicencia, cosa que muchos le critican. La que no entusiasma, la que viene perdiendo credibilidad, es la Selección. Messi, en todo caso, es solo un jugador. El mejor, de eso no hay dudas, pero un jugador.

* Mario Kempes. Ex futbolista.

 

Acá no será ídolo. Así como los países no tienen los gobiernos que se merecen sino los que se le parecen, de la misma manera funciona la lógica de la selección de ídolos por parte de una sociedad en función del momento que le toca vivir y la modalidad que suele caracterizarla.
En general a los argentinos, y en particular en este momento histórico, nos gustan los persaonajes controvertidos, desafiantes, transgresores, con cierto toque de resentimiento, alguna dosis de rencor, algo de malicia y mucho de héroe sobreactuado. Y Messi no salió de la villa, no le hace el Topo Gigio a Macri ni vivió en Fuerte Apache.
Messi es tan aburrido que si no fuera por alguna cagadita del hermano o algún supuesto “desliz” del padre sería imposible publicarle alguna noticia que se relacione con él fuera del suplemento deportivo. No le sobra carisma, no se tiñe el pelo ni tiene preparado el speech seductor para la gilada. Lo suyo es muy limitado: es apenas un jugador de fútbol, un buen pibe que la mueve. No es para la Argentina, es demasiado humilde. A lo sumo será un crack, pero nunca un ídolo. No sabe envidiar, no se pelea con nadie y tiene un ego tan chiquitito como su estatura. Este tipo se equivocó de país.

* Ari Paluch. Periodista, autor de El combustible espiritual.

 

Para la tribuna. La condición de ídolo, que etimológicamente significa falso dios, lleva consigo una serie de atributos de diverso orden que tiene manifestaciones diferentes según la situación que se presente. Al ídolo se lo supone como dueño de un don particular propietario de aptitudes singulares que lo ubican por encima del resto de los mortales. Su supuesta omnipotencia lo hace autosuficiente y provoca en los demás un sentimiento de fascinación. Pero recordemos que en el terreno deportivo el hincha de fútbol no sólo lo exalta sino que también le demanda resultados que le equilibren su autoestima. Los halagos narcisistas se transforman en presiones implacables.
Ser mago, héroe o salvador es quedar prisionero en un individualismo que a la larga aísla de un modo angustioso. Ser infalible es una obligación. Habitar el Olimpo no permite errores, eso es sólo propio de los que pueblan la tierra. Nuestro personaje en cuestión se mueve entre la tentación ilusoria y la decepción amenazante. Si algo desentona en el paisaje que él debe brindar, la soledad acecha. Jugar y divertirse, es decir aquello que hace al placer compartido de un deporte, queda olvidado. Se trata en cambio de cumplir lo más rápidamente posible la expectativa de las tribunas. Aunque desde la lógica inconsciente resulte injustificado, “el elegido” se siente culpable, perseguido y con amenazantes fantasías de castigo. Me refiero al castigo que temen los ídolos: la desmitificación, el derrumbe narcisista y el abandono.

* José Eduardo Abadi. Médico psiquiatra y psicoanalista.

 

Otra condición. Sólo quiero arriesgar conjeturas para interpretar la ausencia o fuga de Messi. Es evidente que Leo no es un jugador que nos tenga acostumbrados a esos pozos intermitentes de un Alonso o un Bochini, pues en el Barça siempre está metido en la acción. Tampoco puede decirse que cuando juega para la Selección argentina coincida con malos momentos futbolísticos. Eliminadas estas opciones, las razones están en él y en su relación con la Selección argentina. El hecho de que el equipo mismo no funcione no es una buena explicación, porque incluso podría ser una circunstancia estimulante para que reine y brille en medio de la mediocridad, como más de una vez hizo Maradona. ¿Por qué entonces no está Messi con su fútbol en la Selección?
Los hechos son que Messi es un jugador de fútbol y que es argentino, pero no es un jugador de fútbol argentino; aún tiene que conquistar esta nueva condición: ser el genio futbolístico que es, pero no para sí, para el Barça o para quien fuere el Otro con el que se vincula, no. Messi tiene que transfigurarse y ser genial para nosotros, por lo que debe amigarse con su condición de argentino. Hay que ayudar a Messi a que encuentre en la albiceleste el símbolo de una nueva referencia que lo oriente, que promueva en él el deseo de hacernos felices y campeones a través de su maravillosa gambeta, de su gol.
Todavía es posible que a la pregunta ¿Messi está?, la respuesta sea “¡Sí!, la Pulga está poniéndose los cortos y calzándose los botines. ¡Agárrense, rivales, que se viene el mejor de todos!”.

* Samuel Manuel Cabanchik. Filósofo y senador nacional.

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