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Hable con ella

  • Por Martín Kohan | 04/05/2012 | 23:34
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Hasta ahora, según creo, veníamos razonando así: de un lado poníamos los actos forzados, las imposiciones inconsultas y las ásperas disputas; del otro lado, en oposición, poníamos el diálogo. Y el diálogo venía a representar, justamente, la garantía de que no habría actos forzados, ni imposiciones inconsultas, ni aspereza en las disputas. Así de habermasianos nos ponemos a menudo: concebimos el diálogo como escena de acuerdo, de mutuo consentimiento, de entendimiento racional. Como si no pudiesen las palabras ser también instrumentos de fuerza, como si no pudiesen también las palabras imponerse de hecho, como si la aspereza no estuviera tan a su alcance como lo están la persuasión y el consenso.

Pues bien, ahí está: el diálogo ya se produjo. El diálogo entre William Hague, canciller británico, y Alicia Castro, embajadora argentina en el Reino Unido, ya se produjo. Pero no se produjo como se suponía: en una mesa, que es el mueble de las negociaciones, ni por una disposición de ambas partes. Se produjo desde una silla y hacia un atril. Y porque la diplomática, no muy diplomática, tomó la palabra por sorpresa y le asestó al canciller sus planteos.

“¿Está listo para el diálogo?”, fue la primera pregunta. “¿Vamos a darle una oportunidad a la paz?”, fue la segunda. La tercera no alcanzó a formularse. “Es suficiente, pare”, pidió o decidió, imploró o impuso, un pasmado William Hague. En cualquier caso, lo cierto es que respondió. Respondió a la segunda pregunta, la inspirada por John Lennon. Habló de la autodeterminación de los kelpers y del respeto que el gobierno británico se comprometía a adoptar sobre ese punto. A la primera pregunta, en cambio, no respondió. Ni falta que hacía: el diálogo ya había dejado de ser una instancia a la que dos se disponen, y había pasado a ser un intercambio que uno puede imponerle al otro, que uno puede obligar al otro a asumir. Porque Castro, de hecho, preguntó y Hague, de hecho, contestó.

Ya lo dijo Michel Foucault: hay que dar vuelta la famosa fórmula de Clausewitz, y pensar que la política es la continuación de la guerra por otros medios.

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