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Sábado a la tarde en Times Square. Un negro con problemas mentales fuma ostensiblemente un cigarrillo de marihuana entre las hordas de turistas veraniegos. Interpelado por la policía, que pretende arrestarlo por una tal exhibición de incivilidad, Darrius H. Kennedy (51 años) saca un cuchillo de cocina (de los que se compran en Ikea o cualquier otro negocio de utensilios gastronómicos) y lo esgrime frente a los dos, cinco, cien policías que tratan de reducirlo, primero con gases de pimienta y, luego, con armas de fuego, entre la calle 44, donde comenzó la cacería, y la calle 37, donde siete de doce disparos terminaron con su vida.
En YouTube, ese museo de lo viviente, hay varios videos del episodio que hielan la sangre, tomados por los desprevenidos paseantes con sus cámaras y celulares. En muchos de ellos se escucha una leve protesta “fue un asesinato injustificado”.
El alcalde de Nueva York y, naturalmente, las autoridades del NYPD defendieron el accionar policial. Pero mucho más estremecedores que esas previsibles alineaciones de la barbarie con la barbarie resultan los comentarios de los ciudadanos corrientes: “Es claro que el tipo nunca iba a cambiar.... merecía los disparos”, dice uno.
Inútil será preguntarse por qué la policía no tenía balas de goma, o una Taser (pistola de electroshock) porque, de un modo o de otro, Kennedy ya estaba condenado: por negro, por enfermo mental y por un sistema de justicia totalmente desquiciado (otro comentario: “Si le hubieran tirado al pie o a la pierna, a lo mejor lo habrían encarcelado durante seis meses o un año, después de lo cual habría salido a las calles nuevamente, probablemente portando una pistola y ya no un cuchillo. La gente conoce las reglas y si no las respetan, tienen que atenerse a las consecuencias”).
Lo de Times Square fue un fusilamiento a pleno día y en la vía pública: el abatido no era un asesino, ni un terrorista, sino un loquito que había entrado varias veces por lo mismo, posesión de drogas, y que trabajaba limpiando edificios.
¿Daño colateral? Más bien: fantasía de exterminio.